
Siempre
hemos tenido tendencia, a la hora de las modas metodológicas, en oscilar entre
opciones totalmente opuestas. Del sacrificio y esfuerzo a la hora de entrenar, hemos pasado
a la necesidad de que nuestras jugadoras tengan todo de manera fácil y cómoda
con el menor esfuerzo y sacrificio posible.
Sí,
hoy en día el objetivo es que “las jugadoras obtengan todo de manera fácil y cómoda”.
Da igual que aprendan mucho o poco, el
objetivo es que no sufran, no
vaya a ser que se puedan ir a otro equipo. Y, es por ello que se aboga por desterrar todo lo que
suponga cualquier tipo de presión a las jugadoras. No se trata de que aprendan,
se trata de priorizar una emoción positiva frente a cualquier situación. Y, por
ello, qué mejor que eliminar cualquier traba de esfuerzo y disciplina que pueda
molestarlas.
Yo
no creo que evitar el sacrificio y el esfuerzo y dar todo a las jugadoras deba
ser el objetivo final de una educación deportiva, ni como club ni como
deportista. Creo más bien que debemos educar/entrenar a deportistas. Jugadoras
que, lamentablemente, no siempre van a conseguir todo de manera fácil. Hay
momentos para no ser feliz. No es malo. Es simplemente una necesidad de ese
guión marcado en la vida de un deportista, de una jugadora.
No
hay nada peor que la frustración que sientes cuando algunos se empeñan en exponer
a las jugadoras a la incapacidad de
superar sus fracasos. Fracasar no es malo. El aprendizaje tiene su parte de
esfuerzo e incomodidad por muchas estrategias y herramientas que ideemos.
Prescindir
de esa parte es hacer un flaco favor a las
jugadoras. No se lo merecen. Sinceramente, alguien debería pensar en ellas
antes de permitirles estar sometidas a un estado de falsa comodidad permanente.
Que el deporte, como la vida real no es un conjunto de nubes de algodón y
situaciones maravillosas.

