Guardiola: “Todo
lo que hago en mi vida es para que me quieran. Esto es lo que persigo en mi
trabajo. Al final, un jugador no se siente mal porqué no juegue, sino porque
piensa que su entrenador no le quiere”
Mourinho: “Soy
feliz, ahora tengo un grupo al que quiero. Y es importante que me sienta feliz
con los que me rodean, es algo que eché de menos por un tiempo”
Bielsa: “No
me quieras porque gané. Necesito que me quieras para ganar”
Cesc: “Volví
a Londres porque intento estar siempre en los sitios donde me siento querido y
soy feliz”
Ayer,
tomando un café, me preguntaron: ¿Por qué
no quieres entrenar?
Recuerdo que cuando inicié
mi carrera como entrenador una de las grandes preocupaciones que tenía era: ¿Cómo
manejar los afectos con las jugadoras?
Esa
“distancia óptima” que me permitiera crear cierto vínculo pero
al mismo tiempo poder “entrenar con
objetividad” Con el tiempo he descubierto
que los afectos con las jugadoras son “inevitables”, que no se pueden medir o
racionalizar y que es imposible anticipar cómo se desarrollarán. Pero lo que he
aprendido con mayor contundencia es que sin
la solidez de un vínculo de cariño me resulta muy difícil entrenar.
Sé que muchos piensan que cuanto más distancia
mejor para entrenar, pero en mi experiencia podría afirmar que es
justamente lo contrario. Yo creo que el vínculo de afecto y de cariño motiva a
las jugadoras y al entrenador. Crea lazos de compromiso sólidos y lleva a una
honestidad deportiva que pocas veces se puede lograr cuando el vínculo no se
establece.
Por supuesto que los
vínculos de afecto no impiden la puesta de límites, por el contrario, entrenar implica poder ponerlos y
sostenerlos.
¿Cómo podemos entrenar sin sentir afecto y cariño por nuestras jugadoras?
¿Cómo podemos entrenar tratando a nuestras
jugadoras como simples dorsales sin identidad? ¿Cómo podemos entrenar sin sentirnos queridos por el grupo?
Estas preguntas me llevan
siempre al mismo lugar… “No puedo
entrenar”
H.Posse
H.Posse

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