Barrio, sentimiento y tradición

Si alguien me preguntara ¿a que huele un vestuario? Le diría que huele a sonrisas, a lágrimas; a sacrificio, a esperanzas, a sueños, a dolor. Le diría que, ¡¡Huele a Vida!!

viernes, 6 de febrero de 2015

A veces, en lo más alto del “éxito” te puedes sentir muy solo.

Esclavos del perfeccionismo

A veces, resolver un problema solo quiere decir comprenderlo y aprender a vivir con ello de manera creativa, positiva o constructiva.

Uno de los problemas para mí más importantes dentro de un club, o de un equipo es la búsqueda de la perfección. O mejor dicho, el perfeccionismo.

Curiosamente el perfeccionismo esta muy bien considerado por todos. En el ámbito deportivo, por ejemplo, ser un dirigente, ser una jugadora o un entrenador perfeccionista está muy bien visto. Incluso se suele destacar este rasgo de personalidad como principal virtud. 

Cuando la perfección es la principal meta de un club, de un equipo, o de una jugadora, debe asumir que va a tener que pagar un precio demasiado alto. Tensión, nerviosos, angustia, miedo a  fallar, a cometer errores, etc.

Con frecuencia oigo como se disfraza el afán de perfección, bajo el lema de: "Me gusta hacer las cosas bien" o "Sólo dedicándole toda nuestra atención a lo que hacemos, podemos lograr y mantener el éxito".

Aparentemente estas frases parecen lógicas y verdaderas. Pero existe una gran diferencia entre querer hacer las cosas lo mejor posible, mejorarlas cuando se puede y tener que hacerlas perfectas.

No me gustan los clubes perfectos, ni los equipos perfectos, ni las jugadoras o entrenadores perfectos. El perfeccionismo hace sufrir y "perder" muchos aspectos con los que disfrutar el día a día con tu equipo, con tu club y con tus compañeros.

Más que buscar la perfección en un club, pienso en un club, unas jugadoras y unos técnicos maduros: que evalúen antes de actuar, que entiendan antes de juzgar. Y sobre todo que dejen de lado la visión trágica y manipuladora de no ser perfectos.

Aceptar que como club, como equipo y como personas tenemos talentos y debilidades. Aprender a no ser esclavos del perfeccionismo.
Entender que en el juego como en la vida, una de las posibilidades es perder, fracasar y no ser los mejores,  y que no existe ninguna tragedia en ello.

A veces, en lo más alto del “éxito” te puedes sentir muy solo.  

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