Tenemos
a un grupo de niñas correteando por la pista, jugando con la pelota, regateando,
pasando y conduciendo el balón. Jugando, riendo, disfrutando.
De
repente les avisamos con una estridente voz de que el tiempo de “jugar” ha
terminado. Les ponemos en círculo en el centro de la pista, y comenzamos el
entrenamiento con una larga charla. Les decimos como se regatea, como se pasa el
balón o como se conduce.
Les señalamos una
determinada jugada para que observen los esquemas. Y si observamos que alguna
se “distrae” mirando a la pelota, le reprendemos, sacamos los balones de la
pista y comenzamos el entrenamiento.
Y como cualquier otro día, empezamos el entrenamiento convencidos de que la realidad del juego la podemos descifrar entre las páginas de los libros y una pizarra.

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