Estoy en una etapa de mi vida en donde no es necesario andar con eufemismos y por eso lo mejor es poder decir lo que una piensa.
Vamos
a la historia. Algo me dice que estamos frente a un grave problema. Mientras
nos llenamos la boca de “frases hechas” del tipo “hay que formar jugadoras que
interpreten el juego, que lo entiendan”; “hay que enseñar a pensar”; “hay que
desarrollar la creatividad en el juego”, tenemos como contrapartida una manera
de formar entrenadores “encorsetados” en una línea única de pensamiento.
Enseñar
a futuros entrenadores implica darles herramientas conceptuales y prácticas
para que puedan tomar sus propias decisiones. Cuando los formamos, tenemos la
obligación de mostrarles que existen opciones y que el conocimiento no es ni
único ni monolítico.
No
logro entender qué tiene de malo que los futuros entrenadores interpelen al profesorado
que los forma con un pensamiento diferente: no comparto que deban tener un
pensamiento homogéneo.
Prefiero el debate
frontal y respetuoso con argumentos, que la desautorización por no seguir a pies juntillas la adhesión cuasi religiosa a corrientes metodológicas de cómo se debe entrenar.
Los
cursos de formación de entrenadores deberían ser promotores de espacios de
discusión, investigación y reflexión, debieran ser los lugares de donde surjan
nuevos enfoques y no meros repetidores del mismo “dogma de fe”.

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