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| Hay palabras que hieren y otras que curan |
Siempre ando enfrascado buscando establecer la mejor relación posible entre el poder de la palabra y los entrenamientos. A
veces pienso que incluso abuso de este recurso y que, no pocas veces, se ha convertido
en la excusa perfecta para aquellos que quieren criticar mi labor como
entrenador.
Cuando
nos dirigimos a nuestras jugadoras, sabemos que somos dueños de nuestras
palabras, las poseemos, las escogemos, las decimos y las revestimos de
intención…Olvidando que son nuestras tan solo durante un instante, mientras la buscamos, mientras
la escogemos porque, al pronunciarlas, ocurre algo tan extraño como paradójico
puesto que no solo dejamos de ser dueños, sino que pasamos a convertirnos en
esclavos de la palabra dada. Una vez arrojada la piedra, la mano no la puede
detener.
Por
desgracia, demasiadas veces menospreciamos el poder de las palabras. Las
pronunciamos, las callamos, las compartimos con indolencia, con indiferencia, incluso con pereza.
Así pues, ya que podemos
elegir, vale la pena hacer el esfuerzo de medir bien las palabras que decimos y
que nos decimos a nosotros mismos. Porque no es lo mismo perdonar que olvidar, porque el
arrepentimiento nunca repara por completo el daño ocasionado.
Con todo, siempre
estamos a tiempo de elegir nuestro discurso interior y exterior, de tomar
las riendas de nuestros pensamientos, de empezar a hablarnos y hablar con
el respeto y el cariño que nos merecemos y que se merecen nuestras jugadoras.

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